Fantasmas de verano (III): ¿Por qué hay personas que nunca consiguen desconectar?

Dejar de trabajar no siempre significa empezar a descansar

Hay una escena que se repite cada verano. Alguien está tumbado en una hamaca frente al mar, paseando por la montaña o compartiendo una comida con la familia. En teoría, está de vacaciones. Sin embargo, cada pocos minutos consulta el correo electrónico, responde un mensaje de trabajo o piensa en esa reunión que tendrá al volver. Aunque físicamente se encuentre lejos de la oficina, mentalmente sigue conectado a ella.

Es una situación mucho más frecuente de lo que parece. Muchas personas esperan con ilusión la llegada de las vacaciones convencidas de que, por fin, podrán descansar. Sin embargo, pasan los primeros días y descubren que continúan con la mente acelerada, anticipando problemas, repasando tareas pendientes o sintiendo la necesidad de estar disponibles. Lejos de tratarse de una falta de voluntad o de una incapacidad para relajarse, esta experiencia tiene una explicación que va mucho más allá de la actitud personal.

La desconexión también ocurre en el cerebro

Solemos pensar que desconectar consiste simplemente en dejar de trabajar. Cerramos el ordenador, activamos el mensaje de "fuera de la oficina" y asumimos que, automáticamente, el descanso comenzará. Sin embargo, la verdadera desconexión no depende únicamente de lo que hacemos, sino también de lo que sigue ocurriendo en nuestra mente.

La psicóloga alemana Sabine Sonnentag, una de las investigadoras que más ha estudiado la recuperación del estrés laboral, explica que uno de los elementos más importantes para recuperarnos física y emocionalmente es lo que denomina psychological detachment: la capacidad de desconectar mentalmente del trabajo.

Cuando seguimos pensando en reuniones, clientes, proyectos o problemas pendientes, nuestro sistema nervioso continúa funcionando en un estado muy parecido al de una jornada laboral. Aunque el cuerpo haya cambiado de escenario, el cerebro sigue interpretando que todavía existen asuntos importantes que requieren atención. Y mientras eso ocurre, la recuperación difícilmente puede ponerse en marcha.


El cerebro necesita tiempo para bajar el ritmo

Existe la creencia de que basta con empezar las vacaciones para sentirse automáticamente relajado. Sin embargo, la evidencia científica muestra que nuestro cerebro necesita un periodo de adaptación antes de abandonar el estado de activación en el que ha permanecido durante meses.

Las investigaciones dirigidas por la psicóloga Jessica de Bloom muestran que los beneficios psicológicos de las vacaciones no suelen aparecer de manera inmediata. En muchas personas son necesarios entre tres y ocho días para que disminuya de forma significativa la activación mental, siendo habitual que la sensación de verdadero descanso aparezca hacia la segunda semana.

Esta información resulta especialmente tranquilizadora para quienes se frustran porque, después de varios días de vacaciones, siguen sintiéndose igual de tensos que cuando estaban trabajando. No significa que no sepan descansar. Simplemente, su cerebro todavía está realizando la transición entre un estado de alta exigencia y otro de recuperación.


El efecto Zeigarnik: por qué cuesta dejar de mirar el correo

Otro fenómeno psicológico ayuda a comprender por qué tantas personas sienten la necesidad de revisar constantemente el móvil durante las vacaciones. Se conoce como efecto Zeigarnik y describe la tendencia del cerebro a mantener activas las tareas que percibe como inacabadas.

Cuando dejamos proyectos abiertos, decisiones pendientes o conversaciones sin cerrar antes de marcharnos, nuestra mente continúa considerándolos asuntos relevantes. Por eso aparece ese impulso de consultar el correo "solo un momento", comprobar si ha ocurrido algo importante o responder rápidamente un mensaje de trabajo.

Aunque este comportamiento proporciona una sensación inmediata de control, también mantiene al cerebro conectado con las preocupaciones laborales e impide que complete el proceso natural de desconexión que necesita para recuperarse.


Cambiar la productividad del trabajo por la productividad del ocio

No todas las personas tienen dificultades para desconectar porque piensen continuamente en el trabajo. Existe otra situación igual de frecuente: quienes consiguen dejar atrás las responsabilidades laborales, pero convierten las vacaciones en una nueva lista de obligaciones.

Cada día debe estar perfectamente organizado. Hay que visitar todos los lugares posibles, realizar todas las actividades, aprovechar cada minuto y volver con la sensación de haber sacado el máximo partido al tiempo libre.

En realidad, no dejan de vivir desde la productividad; simplemente cambian el escenario.

El problema es que el descanso no consiste en llenar la agenda con actividades diferentes. El cerebro también necesita espacios sin objetivos concretos, momentos en los que no haya nada que resolver, producir o conseguir. Necesita tiempo para improvisar, para aburrirse y para dejar de estar constantemente orientado hacia la siguiente tarea.

Aunque culturalmente tendamos a asociar el aburrimiento con una pérdida de tiempo, desde el punto de vista neuropsicológico estos espacios favorecen la recuperación cognitiva, la integración emocional y el funcionamiento de las redes cerebrales relacionadas con la creatividad y el bienestar.


Descansar también significa renunciar al control

En muchas ocasiones, la verdadera dificultad para desconectar no reside en el trabajo, sino en la necesidad de seguir manteniendo el control sobre todo lo que ocurre. Después de meses respondiendo rápidamente, resolviendo incidencias y anticipándose a los problemas, el cerebro aprende que permanecer en alerta es útil y seguro.

Por eso, cuando llegan las vacaciones, a algunas personas les cuesta dejar de comprobar el teléfono, responder mensajes o estar pendientes de lo que sucede en la oficina. No porque realmente sea imprescindible, sino porque su sistema nervioso todavía interpreta que mantenerse disponible es la mejor forma de evitar problemas.

Sin embargo, descansar implica aceptar, aunque solo sea durante unos días, que no todo depende de nosotros. Supone permitir que el cerebro abandone temporalmente esa sensación de responsabilidad constante y compruebe que el mundo sigue funcionando incluso cuando dejamos de estar pendientes de todo.


El descanso comienza cuando el cerebro deja de sobrevivir

A lo largo de esta serie hemos hablado de algunos de los fantasmas que el verano puede despertar: la presión por disfrutar, el miedo al juicio de los demás o la comparación constante. En este tercer artículo aparece otro especialmente silencioso: la incapacidad para desconectar.

Muchas veces creemos que descansar consiste únicamente en dejar de trabajar. Sin embargo, el verdadero descanso empieza cuando el cerebro deja de sentirse obligado a resolver problemas, anticipar dificultades o permanecer permanentemente disponible. Solo entonces el sistema nervioso puede abandonar el estado de hiperactivación en el que ha vivido durante tanto tiempo y comenzar un auténtico proceso de recuperación.

Quizá por eso la pregunta importante este verano no sea cuántos días de vacaciones tienes, sino si tu mente también está disfrutando de ellas. Porque descansar no es únicamente cambiar de lugar. Es permitir que el cerebro, por fin, deje de sobrevivir para volver a vivir.



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