Cuando tu autoestima depende de ser productivo

El problema no es trabajar mucho, es sentir que solo vales cuando produces

Hay personas que disfrutan de su trabajo. Se implican, asumen responsabilidades y encuentran satisfacción en lo que hacen. Trabajar, en sí mismo, no tiene nada de negativo. De hecho, sentir que contribuimos, que aprendemos o que desarrollamos nuestras capacidades suele ser una fuente importante de bienestar.

El problema aparece cuando trabajar deja de ser una actividad y se convierte en la forma en la que medimos nuestro propio valor. Entonces ya no trabajamos solo para cumplir objetivos o desarrollar nuestra profesión. Trabajamos para sentirnos suficientes. Y esa diferencia cambia completamente la relación que mantenemos con el trabajo.

"Si no estoy haciendo algo, siento que pierdo el tiempo"

Hay personas a las que les cuesta muchísimo quedarse quietas. Si tienen una tarde libre, buscan algo que hacer. Si terminan una tarea, inmediatamente empiezan otra. Si se levantan un sábado sin planes, sienten una extraña incomodidad y necesitan llenar la agenda.

No siempre ocurre porque disfruten estando ocupadas. Muchas veces ocurre porque el descanso les genera culpa. Es una sensación difícil de explicar. Como si parar significara estar desaprovechando el tiempo. Como si descansar fuera una especie de lujo que todavía no se han ganado. 

Entonces aparecen pensamientos como: "Podría estar adelantando trabajo." "Ya descansaré cuando termine esto." "No puedo perder toda la tarde sin hacer nada." Sin darse cuenta, el descanso deja de ser una necesidad y empieza a vivirse como una amenaza.


Cuando el rendimiento define quién eres

A lo largo de nuestra vida vamos construyendo una imagen sobre quiénes somos. Parte de esa identidad se forma a partir de nuestras experiencias, de nuestras relaciones y también de los mensajes que hemos recibido desde pequeños.

Hay personas que crecieron escuchando que había que esforzarse siempre un poco más. Otras aprendieron que solo recibían reconocimiento cuando sacaban buenas notas, conseguían resultados o hacían las cosas perfectamente.

Con el tiempo, esos mensajes pueden transformarse en una creencia muy profunda: "Valgo por lo que hago." Desde ese lugar, cualquier descenso en la productividad deja de ser una circunstancia puntual para convertirse en una amenaza personal.

Si hoy produzco menos, siento que valgo menos. Si necesito descansar, me percibo como alguien poco comprometido. Si otro consigue más resultados que yo, empiezo a cuestionar mi propio valor. El problema ya no está en el trabajo. Está en la identidad.

La cultura de la productividad tampoco ayuda

Vivimos en una sociedad que premia estar ocupado. Cuando preguntamos a alguien cómo está, no es extraño escuchar respuestas como: "No paro", "Voy de cabeza" o "Estoy hasta arriba de trabajo." Curiosamente, muchas veces esas frases se pronuncian casi con orgullo. Como si estar siempre ocupado fuera una prueba de éxito.

Las redes sociales también contribuyen a reforzar esta idea. Vemos personas emprendiendo, formándose, entrenando, leyendo, viajando, aprovechando cada minuto del día. Y, casi sin darnos cuenta, terminamos creyendo que descansar es improductivo y que siempre deberíamos estar haciendo algo útil.

Pero el cerebro humano no funciona como una máquina. Necesita alternar momentos de esfuerzo con momentos de recuperación. La productividad sostenida sólo es posible cuando existe descanso.

El peligro de no saber parar



Cuando nuestra autoestima depende de producir, dejar de trabajar resulta mucho más difícil de lo que parece. No porque no tengamos tiempo. Sino porque emocionalmente no sabemos hacerlo.

Por eso algunas personas revisan el correo durante las vacaciones, responden mensajes fuera del horario laboral o aceptan responsabilidades que podrían delegar. No siempre lo hacen porque alguien se lo exija. Muchas veces son ellas mismas quienes sienten que deben seguir demostrando su compromiso.

El problema es que esa forma de funcionar suele tener un coste elevado. Con el tiempo aparecen el agotamiento, la ansiedad, la irritabilidad o la sensación de que nunca es suficiente. Porque, efectivamente, nunca lo es. Cuando el valor personal depende del rendimiento, siempre habrá un objetivo más, una tarea pendiente o alguien que parezca estar haciendo más que nosotros.


¿Quién eres cuando no estás trabajando?

Esta es una pregunta que incomoda a muchas personas. Porque cuando el trabajo ocupa una parte tan importante de nuestra identidad, resulta difícil responder quiénes somos más allá de nuestra profesión.

¿Qué disfrutas hacer cuando no persigues ningún objetivo? ¿Qué actividades realizas simplemente porque te hacen sentir bien?¿Cuánto tiempo hace que no haces algo que no tenga un resultado asociado? 

Muchas personas descubren que llevan años sin permitirse ese tipo de espacios. No porque no existan. Sino porque han aprendido a asociar el tiempo libre con la culpa.


Recuperar el equilibrio no significa dejar de ser ambicioso

A veces se interpreta este mensaje como una invitación a conformarse o a renunciar a los objetivos profesionales. No se trata de eso. Se puede ser una persona comprometida, exigente y ambiciosa sin convertir el rendimiento en la única medida del propio valor.

La diferencia está en el lugar desde el que trabajamos. No es lo mismo trabajar porque disfrutas creciendo, aprendiendo y aportando, que hacerlo porque necesitas demostrar constantemente que eres suficiente.

En el primer caso, el trabajo suma. En el segundo, sostiene una autoestima demasiado frágil. Y eso convierte cualquier error, cualquier pausa o cualquier descanso en una amenaza.


El valor de una persona nunca debería depender de su agenda

Quizá una de las preguntas más importantes que podemos hacernos al volver de las vacaciones es esta: ¿Qué pasaría si durante unos días no produjera nada? Si la respuesta genera ansiedad, culpa o la sensación de que estamos perdiendo el tiempo, probablemente no estemos hablando únicamente de trabajo.

Estemos hablando de cómo hemos aprendido a valorarnos. Porque una agenda llena no siempre refleja una vida plena. Y una persona no vale más por trabajar diez horas que por trabajar siete. Nuestro valor no aumenta cada vez que tachamos una tarea de la lista. Ni disminuye cuando necesitamos descansar.

Trabajar es importante. Pero no puede ser el único lugar donde encontrar tu valor.

A lo largo de esta serie hemos hablado de la vuelta a la rutina, del agotamiento y de cómo muchas personas solo consiguen detenerse cuando el cuerpo les obliga.

En este tercer artículo aparece otro patrón que suele estar detrás de esa forma de vivir: creer que solo somos suficientes cuando estamos produciendo. Y quizá esa sea una de las creencias más difíciles de cuestionar, porque durante años ha recibido el aplauso del entorno.

Sin embargo, el bienestar no consiste únicamente en trabajar menos. Consiste también en dejar de medir nuestro valor por la cantidad de cosas que hacemos. Porque el trabajo puede ocupar una parte importante de tu vida. Pero nunca debería ocupar el lugar desde el que decides cuánto vales como persona.


Siguiente
Siguiente

¿Por qué nos cuesta tanto volver a la rutina?