¿Por qué nos cuesta tanto volver a la rutina?

La vuelta de las vacaciones no siempre es una cuestión de actitud. Muchas veces es una cuestión de adaptación

Cada mes de septiembre se repite la misma conversación. "Qué dura es la vuelta". "Necesito otras vacaciones para recuperarme de las vacaciones". "No tengo ganas de volver a empezar". Y, casi sin darnos cuenta, etiquetamos ese malestar como depresión postvacacional o pensamos que simplemente nos cuesta aceptar que el verano ha terminado.

Pero ¿y si el problema no fuera la rutina en sí? ¿Y si lo que estamos sintiendo fuera, en realidad, el proceso natural de adaptación que realiza nuestro cerebro cuando vuelve a un entorno mucho más exigente? Porque, aunque muchas veces lo olvidemos, nuestro cerebro no cambia de ritmo de un día para otro.

El cerebro también necesita tiempo para volver

Durante las vacaciones suelen desaparecer muchas de las demandas que nos acompañan el resto del año. Hay menos horarios, menos interrupciones, menos decisiones importantes y, en muchos casos, una mayor sensación de libertad sobre cómo empleamos el tiempo.

No significa que durante el verano no hagamos cosas. Muchas personas viajan, organizan planes o pasan más tiempo con la familia. Sin embargo, existe una diferencia importante: la mayor parte de esas actividades no están asociadas al mismo nivel de exigencia mental que el trabajo.

En cambio, el primer día de vuelta supone un cambio brusco. De repente reaparecen los correos electrónicos, las reuniones, las llamadas, las tareas pendientes, las decisiones rápidas y la necesidad de volver a coordinar horarios. El cerebro pasa de un contexto relativamente flexible a otro en el que debe recuperar, casi de inmediato, un elevado nivel de atención y rendimiento. Y esa transición requiere un tiempo de adaptación.


No odias la rutina, odias el cambio de ritmo

Imagina que llevas varias semanas despertándote sin despertador. Has desayunado con calma, has paseado sin mirar el reloj y has organizado tus días con bastante libertad.

Ahora imagina que, de un día para otro, vuelves a levantarte a las siete de la mañana, tienes una reunión a primera hora, el teléfono no deja de sonar y antes de las diez ya has tenido que resolver varios problemas.

Es normal que el cuerpo y la mente perciban ese cambio como un aumento considerable de la exigencia.

Muchas personas interpretan esa incomodidad como una señal de que no soportan su trabajo o de que la rutina les hace infelices. Sin embargo, en muchos casos no es eso lo que está ocurriendo. Lo que realmente cuesta es el cambio de contexto y la velocidad con la que esperamos volver a funcionar al cien por cien.

Del mismo modo que necesitamos unos días para adaptarnos al horario de un país cuando viajamos a otro continente, también necesitamos un pequeño periodo de reajuste cuando pasamos de las vacaciones al ritmo habitual.


La carga mental vuelve de golpe


Uno de los aspectos que más cambia durante la vuelta a la rutina no es únicamente la cantidad de trabajo, sino el número de decisiones que debemos tomar.

Mientras estamos de vacaciones solemos simplificar muchas cosas. Hay menos planificación, menos imprevistos laborales y menos estímulos reclamando constantemente nuestra atención.

Sin embargo, septiembre devuelve a nuestra mente una larga lista de pequeñas decisiones que apenas percibimos, pero que consumen una enorme cantidad de energía mental.

¿Qué tareas son prioritarias? ¿Qué correo respondo primero? ¿Cómo reorganizo la agenda? ¿Quién recoge hoy a los niños? ¿Qué hago con todo lo que se ha acumulado durante mi ausencia?

Aunque ninguna de estas decisiones resulte especialmente complicada por sí sola, la suma de todas ellas incrementa notablemente la carga cognitiva. Y cuando el cerebro percibe que las demandas aumentan de forma repentina, es lógico que aparezcan sensaciones como el cansancio, la irritabilidad o la dificultad para concentrarse durante los primeros días.


La comparación tampoco ayuda

Existe otro factor que suele pasar desapercibido: las expectativas. Esperamos volver motivados. Productivos. Con energía renovada. Pensamos que, después de descansar, deberíamos rendir igual que antes de marcharnos.

Pero la realidad suele ser diferente. Hay personas que el primer día llegan a la oficina y sienten que les cuesta arrancar. Otras necesitan varios días para recuperar la concentración. Algunas se sienten desbordadas simplemente al abrir la bandeja de entrada y encontrarse decenas o cientos de correos pendientes.

Entonces aparece el juicio interno. "No debería estar así." "Si he tenido vacaciones, ¿por qué me siento cansado?". "Tengo que ponerme al día cuanto antes." Y esa autoexigencia hace que el proceso de adaptación resulte todavía más difícil.


Adaptarse no significa rendir menos

Aceptar que el cerebro necesita un tiempo para reajustarse no significa resignarse a funcionar peor. Significa entender que el rendimiento también tiene un proceso de calentamiento.

Nadie esperaría correr una maratón justo después de varias semanas sin entrenar. Sin embargo, muchas veces sí esperamos volver de las vacaciones y responder desde el primer minuto con el mismo nivel de eficacia, rapidez y concentración que teníamos antes de marcharnos.

Quizá la diferencia no está en nuestra capacidad, sino en las expectativas con las que afrontamos ese regreso. Permitirse unos días para reorganizar prioridades, recuperar hábitos y volver a encontrar el ritmo puede ser mucho más útil que intentar compensar el tiempo perdido trabajando el doble desde el primer momento.


La rutina no siempre es el problema

A menudo hablamos de la rutina como si fuera el enemigo. Sin embargo, la rutina también aporta algo que nuestro cerebro necesita: estabilidad.

Las rutinas reducen el número de decisiones que debemos tomar, nos ayudan a anticipar lo que va a ocurrir y generan una sensación de seguridad que disminuye el desgaste mental. De hecho, muchas personas descubren, después de unas semanas, que vuelven a sentirse cómodas con un ritmo que al principio les resultaba insoportable.

Quizá, entonces, el problema no sea la rutina. Quizá el verdadero reto sea cómo transitamos el camino entre un contexto y otro.

La vuelta también puede ser una oportunidad

Cada regreso nos ofrece una información valiosa. Nos permite observar cómo nos relacionamos con el trabajo, con la exigencia y con nuestras propias expectativas.

Hay quien vuelve con la sensación de haber descansado de verdad. Otros descubren que las vacaciones no han sido suficientes porque nunca llegaron a desconectar mentalmente. Y también hay personas que sienten un rechazo tan intenso hacia la vuelta que quizá necesiten preguntarse si el problema no está únicamente en septiembre, sino en la forma en la que están viviendo el resto del año.

En los próximos artículos de esta serie profundizaremos precisamente en esa idea. Porque muchas veces no es la rutina la que nos desgasta, sino la manera en la que llegamos a ella. Hay personas que solo descansan cuando el cuerpo les obliga, otras que sienten que solo tienen valor cuando producen y otras que viven esperando las próximas vacaciones para volver a sentirse bien.

Quizá la pregunta importante no sea por qué nos cuesta volver. Quizá la verdadera pregunta sea cómo podemos construir una rutina a la que no sintamos que tenemos que sobrevivir.

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Estar ocupado no es lo mismo que estar presente